Leemos, atónitos, este mismo titular, solo que en forma afirmativa, en un prestigioso periódico de tirada nacional. La noticia, muy breve, es de “agencias” ( ni tan siquiera especifica cuál ) y dice así :

“El  coitus imterruptus  (popularmente llamado “marcha atrás“ ) es el método anticonceptivo que usan 2 de cada 10 mujeres “.

El periodista (o la agencia) atribuye esta importante conclusión al estudio Daphne,  publicado ayer.

 

 Que sepamos, es el hombre el que interrumpe el coito, cuando nota que la eyaculación es inmediata. Es él, y no la mujer, el que se apea en marcha ( vulgarmente así se conoce además, a este pretendido método contraceptivo, que falla más que acierta) y ello, por una sola razón, a saber, solo nosotros conocemos el momento en el que aquella se va a producir y es justo unos instantes antes cuando  interrumpimos la penetración . Si bien  es cierto que ellas pueden notar la proximidad de ese instante, somos nosotros quienes hemos de terminar el coito y eyacular fuera de la vagina. Son los hombres y no las mujeres quienes practican la “marcha atrás”.

 Tratar de responsabilizar también a la mujer de la adopción y ejecución   de este anticuado y obsoleto método  desprende un tufo machista que me aturde. Desde la todopoderosa y global industria farmacéutica, pasando por los distintos Ministerios de Sanidad y Salud, hasta la mayoría de los ciudadanos de a pie, siempre se ha tratado de atribuir a las mujeres la responsabilidad, en exclusiva, no solo de todo lo relativo a la concepción, si no también, y desde la revolución sexual, de todo lo concerniente a la contracepción.

Como digo, o bien se trata de otro caso de pestilencia machista que todo lo impregna, o simplemente es otra de las imbecilidades con las que,  periódicamente, nos obsequian las agencias de noticias.

 Lo mismo podrían haber dicho, que algunos hombres prefieren que se les implante, a ellos mismos, el DIU (dispositivo intrauterino) como método anticonceptivo.

Veo que,  en casi todos los blogs de los que me precedieron en el uso de tan innovador formato de papel de escribir, se  inicia la tarea con la redacción de unos párrafos  como  presentación.

Así lo hago yo. Cuando, no hace mucho,  empecé a navegar con habitualidad por la red (menuda contradicción: ¿quien o que puede navegar entre redes?) creí descubrir una dimensión  sorprendente, irreal, casi mágica. Según me explicaron había que pinchar sobre algo y entonces ¡abra cadabra ¡ tras unos instantes de expectante espera  aparece  una  interminable serie de artículos  y una tremenda galería de fotos e imágenes. Que alegría casi por arte de magia se ha abierto una voluminosa enciclopedia ilustrada ante mí.

Sin atreverme a mirar hacia arriba ni hacia abajo, ni a un lado ni al otro porque todo esta lleno de unos dibujitos, a los que llaman iconos de los que algunos,  además,  no paran de moverse, agarro de nuevo el ratón y me preparo para seguir mi travesía.
¡Demonios ¡ sin querer he tocado el botón derecho ¿ que habré roto ? nada me dicen todos, nada se puede romper, me insisten. Aun hoy no lo termino de creer, si no,      ¿porque me sigue produciendo un sobresalto el tocar accidentalmente ese botón?.

Como he dicho todo esto me parece fantástico, fantasmagórico.
Superada esta tópica fase me aventuro en una mar llamada  la blogosfera con la intención fundamental, por un lado, de datar las etapas de mi periplo y por otro la de hacerlas accesibles fácilmente a mis amigos, proporcionándoles, al mismo tiempo, un espacio donde ellos puedan colgar  sus  comentarios, artículos o relatos  y también sus dibujos, cuadros o viñetas de manera que no solo yo los vaya conociendo, en profundidad, a todos y ellos a mi si no que todos  se conozcan entre si.

Viajo a París desde Valencia, mi sobrino estudia allí y me comprometí con él a echarle una mano (limpiar y cocinar básicamente) durante sus duros exámenes finales.
Veinte días antes, reservo pasaje en una compañía de bajo coste a través de un buscador de vuelos de esa índole. El precio del viaje de ida y vuelta es absolutamente irrisorio ¿de qué otra manera se puede llamar a la factura abonada por importe total de 80’95 euros?, considerando además, que el precio incluye gastos de gestión, un bulto para facturar y seguro de cancelación. Bueno, quizás también se la podría calificar de ridícula.

Nene, ¡nadie regala duros a cuatro pesetas!, me viene de inmediato a la memoria este famoso refrán tan repetido por nuestros mayores, cuando descubríamos el engaño por la compra de algo que habíamos considerado una ganga. Tras varios días con el mismo martilleándome la cabeza y lleno de dudas e incertidumbre, trato de confirmar los datos de mi reserva a través de Internet y por la misma vía que había adquirido los pasajes a París; no lo consigo (cuando pincho en confirmar reserva me aparece la pregunta: ¿qué hotel ha pedido? y recurro a una vía más familiar para mí, el teléfono. Llamo al número que me indica en la reserva que, ya impresa, obra en mi poder. Tras advertirme, la operadora automática, de que el coste de la llamada es de 0,85 cents/minuto -creo recordar que lo mismo cuesta llamar a algunas líneas eróticas- y de torearme también automática y sistemáticamente durante varios minutos y al menos en tres ocasiones, desisto.

Desisto, en la certeza de que tengo en mi poder todo lo que necesito para volar, según ellos mismos explican en la reserva impresa.
Unos días antes de la fecha de mi viaje e inquieto aún, en este caso por el tema del equipaje y su peso, olvidé decir que del total  pagado  a este concepto correspondían  26 euros -obsérvese que dos bultos, así lo llaman ellos, no muy pesados, valen más que yo- intenté de nuevo telefónicamente informarme del peso máximo autorizado, sin conseguirlo tampoco, y habiendo empleado en ello un tiempo  que es oro y que a ese precio lo cobran.

Esas mismas dudas, inquietudes y recelos debieron asaltar, para luego confirmarse, a muchos pasajeros pues la cola para abonar los excesos de equipaje era más larga, en algunos momentos, que la cola de facturación. En mi caso el exceso era de 9 kilos y pagué  135 euros. En esto si que son una de las compañías aéreas mas caras del mundo.

El bulto debo de ser yo, pero para ilustrar mi ignorancia, yo les rogaría a esas compañías que respondan a tres preguntas:

¿Cuánto facturan por su servicio telefónico de información?
¿Cuánto facturan en concepto de exceso de equipaje?
¿Qué porcentaje suponen ambos conceptos respecto a su facturación total?

Si lo hacen  podremos, al menos en parte, contestar fácilmente al porqué de los bajos precios de las mal llamadas compañías de bajo coste.

A lo de los “bajos vuelos” ya intentaremos responder en otro artículo.


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